Popayán con menos voces, La tragedia cultural de la radio en el Cauca
La desaparición de Radio Súper se suma a la nostalgia de los oyentes de Caracol —ahora unificada con La W— y el recuerdo lejano de Todelar. Esto confirma una tragedia cultural: Popayán se está quedando sin voces propias, se está quedando sin “dolientes”.
Por: YINNER BRAVO ASTAIZA
A pesar que la emisora se apagó hace mucho, Ver bajar, apenas hace unos días, el letrero de Radio Súper de la Carrera Octava, en pleno centro histórico de Popayán, y desaparecer su antigua puerta de madera, fue sentir cómo arrancaban un pedazo de mi propia vida. Esa fachada no era solo un edificio; fue mi segundo hogar. Hoy, escribir estas líneas no es solo un ejercicio periodístico, es la despedida dolorosa de un experiodista, un exdirector de noticiero que ve cerrarse el ciclo de la que fue su casa.

Mi historia en la frecuencia 1070 AM comenzó en el nuevo milenio bajo la administración de Eliecer León, en aquellos tiempos de la legendaria familia Pava y del nacimiento del entonces INSTEL. No llegué a un terreno baldío; caminé sobre hombros de gigantes. Aunque fueron muchos antes de mí, atesoro la amistad y el legado de quienes sembraron el camino, como Ovidio Reinaldo Hoyos, Istmenia Ardila, Julio César Payán, Fernando Carvajal, Carlos Catecampo, Jesús Santacruz, Jesús Alberto Piamba, Marco Aurelio Gaviria, Yamir Mosquera, Rosa Amalia Guevara, Ciro Martínez, Horacio Dorado, Miller Giraldo, Paloma Muñoz, Antonio Palechor, Antonio Alarcón y Ariadne Villota.

Mi momento en la radio llegó cuando la emisora fue potenciada por la familia Muñoz; Radio Súper encontraba un nuevo norte: “la naciente Nueva Radio Súper Popayán”.
Felipe Muñoz inyectó una modernidad necesaria que nos permitió soñar en grande y competir de tú a tú con los gigantes. Y vaya si lo logramos. Desde esa cabina le demostramos al Cauca que la radio local no tenía fronteras. Tuvimos el orgullo de cubrir dos mundiales de fútbol, Brasil 2014 y Rusia 2018, llevando la emoción planetaria a los oídos de los payaneses.

De la mano de Carlos Alberto Lenis, la emisora rodó también por las carreteras en competencias de ciclismo internacional; rifamos un carro cero kilómetros entre nuestra audiencia y fuimos testigos de primera línea de la democracia en innumerables elecciones; sentimos y transmitimos el pulso agitado de la ciudad durante el estallido social; y fuimos compañía, servicio y consuelo durante la incertidumbre del COVID-19.

Pero más allá de los grandes eventos, el orgullo más grande que atesoro es ético. Hacer periodismo en una de las regiones más conflictivas del país, como lo es el Cauca, es un desafío inmenso. Sin embargo, en diez años de ejercicio riguroso en la dirección de noticias, nunca recibimos una amenaza, nunca tuvimos una tutela en contra y nunca fuimos llevados a un tribunal. No éramos infalibles, claro que no; cuando cometíamos un error, lo reconocíamos de inmediato al aire y ofrecíamos las excusas pertinentes. Esa honestidad nos blindó y nos dio la credibilidad que ningún dinero puede comprar.

Esa mística se forjaba puertas adentro, en los inolvidables consejos de redacción ampliados de los lunes, jornadas maratónicas que nos tomaban prácticamente todo el día. Allí planificábamos la semana entre la seriedad de la noticia y las intervenciones jocosas de Julio César Montenegro, quizá el más importante líder en ventas de pauta radial en la historia del Cauca.

Ese esfuerzo nos llevó a ser número uno en varios estudios de sintonía nacional, un logro que solo fue posible porque hicimos familia. Recordar a quienes nos ayudaron a hacer grande esa emisora es un deber del corazón: el aporte valioso en la gestión comercial de Javier Enrique Apraez y su hermano Alfonso (Q.E.P.D.); la entrega de Luis Martín Merchán, Elizabeth Cobo, Fernando García, Joe Orlando Mina y Óscar Agredo. Compartí micrófono, pasiones y luchas con voces y talentos inmensos como Diego Cifuentes, Alexander Casas, Martha Muñoz, Héctor Muñoz, Jaime Di Capote, Diana Euscátegui, Juan David Ortega, Carlos Quilindo, Fabrit Cruz, Edinson Bolaños, Leonardo Pupiales, Ezequiel Henao, Carlos Gutierrez, Lina María, Xilena Zapata, Brandón Legizamo y Claudia Yacumal.

Allí también aprendí de maestros de la talla de Silvio Sierra, Libardo Dorado, Fernando Álvarez Sabogal, Luis Carlos Torres Urutia y nuestro gran gerente y amigo, Carlos Lenis. Compartí con Gustavo Álzate Zamora, Ari Quintana y Carlos Enrique Levasa, y tuve el privilegio de ver nacer y formarse a nuevas generaciones de periodistas que hoy brillan con luz propia en otros espacios.





Por eso, el vacío actual es ensordecedor. La desaparición de Radio Súper se suma a la nostalgia de los oyentes de Caracol —ahora unificada con La W— y el recuerdo lejano de Todelar. Esto confirma una tragedia cultural: Popayán se está quedando sin voces propias, se está quedando sin “dolientes”.
Este vacío que hoy ensordece a Popayán no es fruto de la casualidad, ni simplemente de que “los tiempos cambian”. La desaparición de nuestras emisoras icónicas obedece a una tormenta perfecta donde convergen errores propios, disputas internas y un abandono estatal sistemático.
Hay que decirlo con nombre propio. El silencio de Todelar en el Cauca no fue una derrota de audiencia; fue el triste daño colateral de un pleito jurídico terminó por desmembrar una cadena histórica. Y en el caso reciente y doloroso de Radio Súper, la verdad debe ser dicha: su apagón no se debió a la falta de sintonía ni al desamor de los payaneses, sino a la concreción de un mal negocio. Fue un trámite de compraventa fallido, un error administrativo y comercial, una jugada del fallecido Pava que terminó costándole a la ciudad la frecuencia y la historia.
Pero estos casos puntuales, dolorosos por sí mismos, ocurren en un escenario hostil. La radio local agoniza porque el modelo de negocio se ha vuelto asfixiante: los costos de operación son excesivos para una torta publicitaria que se reduce año tras año. A esto se suma la responsabilidad del Estado, que en lugar de oxigenar la democracia informativa, ha cerrado el espectro electromagnético en el Cauca.
Y no podemos dejar por fuera la autocrítica: también nos pesa la falta de creatividad para reinventarnos. Mientras la radio AM lucha contra los costos y los pleitos, la radio FM Comercial se nacionaliza y lo local, muchas veces cae en la decadencia por no proponer nada nuevo ante las audiencias digitales.
Sin embargo, las buenas propuestas de radio se niega a morir. A mis colegas que sobreviven y resisten en Radio 1040 AM y en la Emisora de la Universidad del Cauca, les deseo el mejor de los éxitos. Ustedes son ahora los guardianes de la palabra local. Y a la audiencia, les hago un llamado urgente: rodéenlos, sintonícenlos y apóyenlos. No permitan que el silencio gane la batalla.
El letrero de la octava ya no está, pero la historia íntegra y apasionada que escribimos juntos en la Súper nadie la podrá borrar.
Gracias a todos. Gracias por tanto.